Leemos la receta completa antes de tocarla
Cuando alguien manda una preparación que se cocina en su casa desde hace años, lo primero es entender qué plato es y en qué momento de la semana aparece. Pedimos el relato, las variantes que fue tomando y qué ingrediente se reemplazó con el tiempo. Si falta un dato, lo anotamos como parte del texto y no lo completamos por nuestra cuenta.
Paso 1: lectura y preguntas
La cocinamos tal como está escrita
La primera prueba se hace sin retoques, respetando el puñado, el chorrito y el "hasta que tome color". Ahí se ve si el resultado se sostiene en una cocina de todos los días y qué ajustes hacen falta para que otra persona pueda repetirlo. Las cantidades imprecisas se aclaran con equivalencias simples, no se reemplazan por medidas de repostería.
Paso 2: prueba en cocina
Anotamos los cambios y por qué se hicieron
Cada ajuste queda escrito junto a la receta original: si se cambió un ingrediente por lo que había en la heladera, si se acortó un tiempo de cocción o si el plato rinde distinto según la olla. Esa nota es parte del contenido, no un detalle escondido. Así quien la lea sabe qué esperar y puede decidir si la adapta a su propia cocina.
Paso 3: registro de variantes
Revisamos el texto antes de publicarlo
La receta se lee en voz alta para chequear que los pasos tengan un orden lógico, que no falte ningún ingrediente en la lista y que las sustituciones estén explicadas cuando aparecen. También se revisa que el relato de familia se mantenga tal como lo contó la persona, sin adornos ni datos agregados. Si algo no cierra, se consulta de nuevo antes de subirlo.
Paso 4: revisión final
Queda publicada con su historia y su contexto
Una vez lista, la receta se publica con el nombre de quien la compartió, el relato de dónde viene y las notas sobre cómo se fue ajustando. No lleva estrellas, ni ranking, ni comparaciones con otras preparaciones. Lo que importa es que se pueda cocinar hoy y que la historia no se pierda en el camino.
Paso 5: publicación